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Brindar con vino y pan: Adiós al Negro Rada
Gracias por tanto, querido Negro

Brindar con vino y pan: Adiós al Negro Rada


Por Isa Scotti Girardo

Hay noticias que no se leen con los ojos, se sienten en el pecho como un acorde mudo. La partida de Rubén Rada nos deja a todos un poco más huérfanos de alegría, pero a quienes tuvimos la dicha de cruzarnos con su humanidad, nos deja guardado un tesoro de memoria que hoy apremia compartir.


Era 1996. Yo había sido elegida «La voz de la 35» para la transmisión de La Semana de la Cerveza. Eran días de cambios: la última edición en la cancha de rugby, con la tierra ya removida, presagiando el futuro. Rada recién volvía al Uruguay y las nuevas generaciones aún no lo tenían en el pedestal que merecía; de hecho, aquella noche ni siquiera era el número central.


La conferencia de prensa fue la última de la jornada, en el edificio donde hoy funciona el destacamento policial en el ex museo histórico. Entre preguntas de colegas que apuntaban hacia lo político, junté valor y le pregunté si en su próximo disco el candombe tendría una presencia más marcada. Me miró, sonrió con esa picardía única y soltó: «¿A vos te gusta el candombe? ¡Pero si sos muy blanquita para ser candombera!». La risa fue general, celebrando mi tez pelirroja y su soltura instantánea.


Más tarde, ya de madrugada y en la intimidad de la sala de prensa —donde entre cervezas y maltas los periodistas compartíamos el cansancio—, el querido Esteban Garmendia le pidió que cantara algo. El Negro, como uno más de nosotros, agarró su botella y empezó a entonar los éxitos de Opa y Tótem solo para ese puñado de periodistas y técnicos. Fue un concierto privado e inolvidable.


Diez años después, en 2006, la vida me regaló el privilegio de presentarlo en el Anfiteatro, ya consagrado como el gigante que siempre fue. Al verme tras bambalinas, sus ojos se iluminaron: «No te puedo creer... la blanquita candombera me va a presentar».


Ese era Rada. Lo que veías arriba del escenario era exactamente lo que encontrabas en el pasillo o en los camerines: esa loca parsimonia, ese saludo entrañable como si te conociera de toda la vida y esa previa donde calentaba motores haciendo que no vieras la hora de que empezara el show... ni quisieras jamás que terminara.


Hoy nos queda el silencio que deja su tambor. Pero si algo nos enseñó, es que a la tristeza se la combate con color y afecto. Creo que todos deberíamos vestirnos de rojo para su despedida, alzar una copa de buen vino tinto y compartir un rico pedazo de pan. Buen viaje, Negro. Gracias por enseñarnos a repicar el alma.


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