Misma vereda, distintas miradas: la doble vara frente al refugio
Por Isa Scotti Girardo
La polémica está servida en el centro de nuestra ciudad. La confirmación de que un nuevo refugio para personas en situación de calle se instalará en una zona residencial encendió las alarmas, los murmullos y las reuniones de vecinos. Surgen los miedos de siempre: la tranquilidad perdida, la seguridad, el cambio en la dinámica del barrio. Sin embargo, más allá de la reacción instintiva, el debate nos confronta con una pregunta incómoda: ¿qué tipo de comunidad queremos ser cuando la vulnerabilidad nos golpea la puerta?
Memoria selectiva y doble vara
Resulta curioso revisar la historia del edificio elegido. Durante décadas funcionó allí un sanatorio. Por sus puertas pasaron ambulancias a toda velocidad, sirenas a cualquier hora de la noche, escenas dramáticas en la vereda y un ir y venir constante de personas y vehículos. La dinámica del barrio convivió con ese tumulto sin protestar. ¿Por qué? Porque se trataba de temas de salud y del prestigio de una gran empresa corporativa.
Hoy, cuando el mismo espacio físico se destina a atender otra urgencia —quizás la más dolorosa de nuestras calles—, la tolerancia parece haberse agotado antes de empezar. Esta paradoja deja al descubierto una doble vara: aceptamos la alteración de la tranquilidad cotidiana si viene con el aval del sistema formal, pero la rechazamos enfáticamente si el objetivo es dar cobijo a quienes no tienen nada.
La tentación de esconder la realidad
Durante años, la respuesta implícita ante la pobreza extrema ha sido la distancia. Se asume con naturalidad que los centros de contención deben estar lejos, en las afueras, allí donde no interrumpan el paisaje ni incomoden la rutina de quienes tienen un techo asegurado. Pero mover el problema no es resolverlo; es simplemente barrerlo debajo de la alfombra. Un centro de integración en el corazón de la ciudad no es un capricho urbano: las personas en situación de calle ya habitan el centro, y es allí donde necesitan la asistencia.
Un compromiso compartido
Por supuesto, la integración no ocurre por arte de magia. El Estado tiene la obligación insoslayable de garantizar un proyecto serio, con acompañamiento profesional, protocolos claros y diálogo abierto con el entorno. Pero los vecinos también tenemos una oportunidad histórica: superar los prejuicios y entender que un refugio bien gestionado no degrada un barrio, sino que lo humaniza.
Cerrarle la puerta a un refugio en nuestra cuadra habla más de nuestros miedos y egoísmos que de los riesgos reales. La verdadera calidad de vida de una ciudad no se mide por la calma de sus zonas residenciales ni por el valor del metro cuadrado, sino por la capacidad de sus habitantes para abrazar la dignidad de todos.












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